Salida al Santuario de Guadalupe

La excursión con el jamón. Salida al Santuario de Guadalupe

[imagebrowser id=9]


(Video  y cronica realizados por Miguel Ángel del Módulo 3)

Prisión de Jaén. Domingo, 22 de mayo de 2011. Mientras 6 millones de andaluces están llamados a elegir alcaldes y concejales, yo vengo de retirar en el grifo del patio un par de toneladas de barro que quedaron agarradas a mis zapatillas deportivas hace menos de 24 horas. Y es que en la jornada de ayer tuvimos ocasión, gracias a Pastoral Penitenciaria, de vivir nuestra particular romería hacia el Santuario de Guadalupe. A pesar de ser creyente, las romerías nunca han sido santo de mi devoción, pero me encontraba contento porque al menos me quitaría un día de talego y me iba a reencontrar con gente a la que apreciaba desde que visitamos hace unos meses la Escuela de SAFA en Úbeda.

En esta ocasión prescindimos de la foto de rigor antes de subir al autobús ya que, por motivos desconocidos, en cuanto el padre don José Luís salió de “vestuarios” con su gorra roja y su camiseta blanca (su traje oficial de las salidas programadas) subimos al autobús y emprendimos la marcha. Hacia Baeza, como no podía ser de otra forma. En el camino fuimos presentándonos, uno a uno, los alrededor de quince internos que viajábamos, tres funcionarios y varias/os voluntarias/os de Pastoral.

En Baeza, después de tomar los obligados churros, tuve ocasión de conversar con Santi, un joven de Jaén, voluntario de Pastoral, que había acudido a la convivencia junto a su novia y una amiga. De camino a Santa Eulalia se sentó a mi lado en el bus y pudimos conversar de numerosos temas, entre ellos la casualidad de que teníamos un amigo común en Linares. En SAFA de Úbeda hicimos una fugaz parada para que subieran con nosotros parte de las/os profesoras/es y alumnas/os, también integrantes del voluntariado.

Situándose junto al conductor, un compañero del módulo 3 tomó el micro para hacer de guía turístico, con tan mala pericia que, casi quedamos encallados al dar una curva por las angostas callejuelas de Santa Eulalia. El autobús no cabía y, marcha atrás durante unos 200 metros, tuvimos que salir de la pequeña población. Entonces descendimos del vehículo, nos protegimos con gorras y comenzamos nuestra particular romería a través de un sinuoso camino de tierra y barro, rodeados por olivos a diestro y siniestro.

Odisea a través de los olivos.

Después de una hora de descenso bajo un sol de campeonato, los que íbamos en cabeza junto a don José Luís, nos encontramos el primer contratiempo. El camino romero cruzaba un río, pero el puente se había derrumbado, quedando ante nuestros ojos un barranco de unos 10 metros de altura. Saltar también era imposible, ya que la anchura del precipicio más o menos de la misma medida, así que decidimos esperar al resto de los romeros para establecer una estrategia común. Sin otra alternativa, acordamos bordear el río hasta encontrar un punto de poca profundidad, iniciándose así nuestra auténtica aventura bajo los olivos porque, en determinadas zonas, era complicado incluso caminar, ya que los pies se hundían en el barro arcilloso característico de este tipo de cultivo. Un buen rato de abrasión cutánea después, decidimos que había llegado el momento de echarle valor y, sobre unas piedras, cruzar el río que discurría con bastante menos profundidad que antes. Nos dispusimos en cadena para que no tuvieran dificultad algunas personas menos jóvenes y ágiles y efectuamos la maniobra sin incidencias, internándonos entonces en un pequeño terreno de vegetación alta para la que casi hacía falta un machete. La aparición de otros seres humanos que hablaban nuestro idioma andaluz, pocos minutos después de haber escapado de aquella jungla amazónica olivácea, era el síntoma de que por fin estábamos regresando a la añorada civilización. Enseguida topamos con el Santuario de Guadalupe e inmediatamente nos arremolinamos alrededor de una fuentecilla para echarnos agua por encima, quedando de manifiesto nuestro júbilo por haber alcanzado sanos y salvos nuestro recóndito destino.

Algo que no permitía que nuestra tranquilidad fuese completa era pensar en el camino de vuelta, aunque nos calmaron indicándonos que el autobús vendría a por nosotros, aclaración que, a los menos campestres, nos produjo cierta indignación, pues si nos encontrábamos en un lugar perfectamente accesible, dicho autobús podía habernos llevado hasta allí ahorrándonos con ello arenas movedizas y calor asfixiante a través de la salvaje mini-selva que acabábamos de atravesar, padecimientos en los que, según decían, estaba la gracia del camino.

En cuanto nos recuperamos del mismo, buscamos un poquito de sombra, abrimos refrescos, e instalamos unas mesas para que dos compañeros empezasen a cortar el jamón serrano que traía don José Luís, dedicándonos a devorar tan exquisito manjar mientras poco a poco llegaban el resto de voluntarias/os de SAFA que se incorporaban tarde (y motorizados ¬¬) por haber estado haciendo un examen psicotécnico. Encontrándonos todos reunidos en paz y armonía aparecieron más alimentos para acompañar al jamón, como inmensas tortillas, empanadas y panceta, siendo imposible que nadie se quedara con hambre.

Acto seguido pasamos a una actividad menos lúdica pero igualmente interesante que consistía en visitar el interior del santuario. Tomamos asiento alrededor de una especie de recepción decorada con cientos de cuadros de la Virgen que daba nombre al ermita para, una vez más y aunque ya nos conocíamos casi todos, ir presentándonos individualmente, intervenciones en las que tampoco faltaron bromas, ocurrencias y risas. A continuación pasamos al pequeño templo que cobijaba la Imagen de la Virgen de Guadalupe donde en fusión fraterna, unidos por las manos, rezamos un Padre Nuestro para posteriormente elevar nuestras peticiones, en las que no faltó un emotivo recuerdo para los damnificados por el reciente terremoto en Lorca.

Al salir de nuevo al exterior, un profesor de SAFA llevó la batuta de dos juegos colectivos en corro difíciles de definir. En uno se escenificaba la captura de un gusano que posteriormente se agarra, se mira, se tira al suelo y se pisa. Y el otro, sentándose todo el mundo en el suelo, había que tocar levemente el hombro de los compañeros de izquierda y derecha cantando algo como lorelo – lorelo – lorelo –loré, cada vez más deprisa. Sé que así, describiéndolos por escrito, ambos juegos parecen absurdos. En realidad lo son, pero anda que no nos reímos con aquello. Eso sí, el que más disfrutaba era el reportero gráfico, o sea, el bueno de don José Luís hinchándose de hacernos fotos y de ver lo que estábamos disfrutando.

El momento cumbre de la jornada pudo haber llegado cuando la gente de SAFA desembaló un ordenador portátil, un amplificador semiprofesional con ecualización y dos pequeñas columnas de sonido. Por desgracia, el sistema operativo Windows Vista se fastidió, no permitiéndonos ni arrancar el ordenador y fastidiándonos nuestra rave, así que para solventar el imprevisto tuvimos que apañarnos conectando algunos teléfonos móviles al amplificador mediante cables tipo jack stereo. Con ese engorroso procedimiento pudimos disfrutar de unos cuántos éxitos electrohouse de actualidad que arrancaron algunos bailes en aquella improvisada pista de piedra junto al santuario. Aquella distinguida selección musical nos gustó a todos, menos al funcionario don Juan que, sin duda influido por su avanzada edad, tuvo la osadía de comparar aquel musicón con una especie de sonido de zambomba tribal.

La verdad es que en aquellas convivencias hay momentos en los que a uno se le olvida incluso que está preso, y eso es debido al trato que nos dispensan todos los voluntarios, de tú a tú, con confianza y con naturalidad, como amigos de toda la vida que disfrutan tanto como nosotros. Pero, como suele pasar, cuando mejor nos lo estábamos pasando llegó el momento de hacer, a modo de despedida, una foto de grupo con las alrededor de 30 personas que allí nos encontrábamos, la verdad es que no las conté a pesar de saber que luego tenía que hacer la crónica.

No cabe duda de que nos hubiera gustado quedarnos mucho más rato, pero la tarde se encontraba muy avanzada y hasta llegar a prisión había un buen trecho por carretera. Nuestro reportero gráfico nos inmortalizó todos juntos, subidos a unas mesas de piedra instaladas en un camping anexo. Entonces nos dirigimos al autobús, nos despedimos y, entre un pasillo que nos hicieron los amigos de SAFA, fuimos subiendo uno a uno los mismos que por la mañana habíamos partido desde Jaén.

Durante el tranquilo trayecto de vuelta, de nuevo tuve el honor de compartir con el compañero Santi una enriquecedora charla acerca de diversos asuntos, como la vida penitenciaria, o el sentimiento de solidaridad que mueve a un voluntario de la Pastoral Penitenciaria. El autobús entró hasta el aparcamiento para trabajadores del centro penitenciario y todos bajamos para despedirnos afectuosamente. Los tres funcionarios y nosotros comenzamos a cruzar puertas y controles hasta llegar cada uno a su módulo. Nos esperaba la bandeja de las 20:00. Pero después llegaba el momento de “el chape”, cuando uno se tumba en la cama, momento ideal para reflexionar. Sin duda merecieron la pena todas incomodidades del camino, porque al final del mismo nos esperaban un entorno precioso y dechado de valores humanos como la solidaridad y el compañerismo.

Miguel Ángel García Moreno, desde el módulo 3 de la prisión de Jaén.